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Relaciones personales (6)

20 agosto, 2013

Marisa empezó la búsqueda de antiguos compañeros con más entusiasmo del que sentía según iba encontrando a muchos de ellos. No se mostraban en su mayoría muy dispuestos a colaborar, ni les hacía tanta gracia como ella había supuesto la posibilidad de reunirse. A la mayor parte de ellos les podía la comodidad y preferían no saber de los demás con tal de que los otros no supieran de ellos. Se comportaban como si tuvieran miedo. Pero, ¿miedo de qué? Probablemente de no estar a la altura de las antiguas expectativas.

Según pasaba la vida, todos habían ido consiguiendo cosas, era una ley natural, pero en muchos casos, esas cosas no eran las inicialmente previstas o soñadas. Marisa no acababa de entenderlo. Ella había ido adaptándose de forma natural al paso del tiempo y aceptando aquellas cosas que la vida le iba “sirviendo” sin protestar demasiado.

Entendía que ser medianamente feliz, no era tan complicado. Muchas veces la desilusión tenía más que ver con la falta de adaptación y con la inútil rebeldía que con las circunstancias que nos tocaba bregar a cada uno. Pero estos eran pensamientos de Marisa y no todo el mundo estaba de acuerdo con ella. Por ejemplo, su marido.

Luis estaba bastante harto de la vida que llevaba. Se sentía frustrado e infeliz. Pero si se terciaba y alguien le preguntaba que le pasaba o que le faltaba, sólo acertaba a responder con un desgarbado levantamiento de hombros.

Cuando él estudiaba la carrera ni se le había pasado por la cabeza el dedicarse a la patología forense. Se había dejado llevar por las circunstancias que, aparentemente y casi por casualidad, le habían conducido a la elección de la especialidad. Lo que comenzó siendo un trabajo de estudiante acabó convirtiéndose en su elección para la vida…

El Dr. Luis Bustos nunca volvió a vivir en  su pueblecito de Guadalajara. Visitaba a su familia de vez en cuando y se acabó construyendo, contra la opinión de Marisa, una casa en las afueras del mismo para pasar parte de las vacaciones.

Acabó viviendo en Madrid y casándose con Marisa. Pero a pesar del tiempo transcurrido y de la existencia de una hija en común de casi 15 años, en el fondo de su corazón siempre había sentido que ella fue su premio de consolación. Se sentía un estafador con respecto a Marisa, y a pesar de la vida que llevaban compartiendo y de que ella parecía feliz, siempre creía que debería de darle más…

La verdad es que su mujer siempre había sido autosuficiente. Completamente capaz de afrontar la vida por sí misma. Estaba con él por elección libre y clara. Jamás había deseado otra cosa ni había preferido otra opción. Pero Luis sabía que su situación era otra. El habría preferido intentarlo al menos con Maya, pero ella jamás se lo permitió.

Lo tuvo siempre clarísimo. Que suerte, pensaba Luis. Que envidia. Su trayectoria a lo largo del tiempo era dar vueltas a una idea fija e imposible que no le permitía avanzar y que sólo le producía frustración.

Le gustaría ser tan práctico como su esposa y tener las cosas tan claras como siempre las tuvo su querida Maya. En el fondo era consciente de que sus pensamientos reflejaban una absoluta falta de madurez. Era como si dentro de él convivieran diferentes personas; el inmaduro estudiante, el reputado profesional, el marido frustrado y el amigo entregado…

Cuando comenzó a oír a su esposa divagar sobre la posibilidad de re-encontrarse con los antiguos compañeros de promoción empezó a debatirse en un dialogo interno en el que dependiendo de los días no sabía qué partido tomar.

Algunas veces le apetecía conocer la suerte que habían corrido muchos de ellos y otras le molestaba la sola idea de llegar a saberlo, pero en todos los casos el punto de inflexión lo marcaba la sensación de culpa que le acompañaba cuando se le venían a la cabeza los tiempos pasados y su comportamiento con respecto a la historia de Maya y el antiguo profesor.

A pesar del tiempo transcurrido, no era capaz de perdonarse. Era como si se le hubiera enquistado su estúpido comportamiento. Se sentía culpable del resultado de su acción en la vida de otros. Pero eso tampoco era toda la verdad. Realmente, la frustración derivaba del camino que su actitud había significado para la vida de su querida Maya.

Ella nunca le había responsabilizado de los hechos. Cuando fue consciente de su actitud y de los resultados de la misma, fue capaz de ponerse en su lugar durante un minuto y comprenderle, aunque eso no pudo evitar que le desapareciera su actitud incondicional hacia él y su profunda asunción de que él nunca iba a estar a la altura de sus expectativas.

Continuará…

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From → Literatura

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