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Relaciones personales (5)

14 agosto, 2013

Marisa y Regina eran las otras dos chicas del grupo de amigos que compartían estudios y diversiones.  Ninguna de las dos se sentía especialmente cercana a Maya que era más bien poco comunicativa con respeto a ellas.

Maya se había sentido siempre más cómoda con los chicos. Única chica entre dos hermanos, estaba acostumbrada a bregar con sus actitudes y formas de reaccionar ante las cosas.

La actitud de las chicas en general, su forma de encarar de lado las situaciones y de no enfrentarlas de forma directa, al menos en los casos en los que había chicos presentes, a ella se le hacía muy cuesta arriba. No le gustaba andarse con rodeos ni con indirectas. Ese era un lenguaje que no dominaba y que no estaba muy tentada de aprender. Su timidez natural tampoco es que la ayudara mucho.

Por su parte Marisa y Regina pensaban de ella que se sentía superior. No era muy amiga de compartir con ellas secretos y ellas tampoco le contaban grandes cosas de su día a día. Su relación podríamos decir que era educada pero fría. Podían compartir salidas de grupo, bolera, algún cine o alguna tarde de estudio conjunto aunque estas no solían realizarse entre todos de forma simultanea porque ya habían tenido la ocasión de comprobar que si se comprometían a estudiar y el grupo excedía a más de tres, la concentración era casi imposible…

A Marisa desde el primer día de clase se le fueron los ojillos detrás de Luis, el futuro Dr. Bustos, pero él no comenzó a verla hasta que estuvieron en segundo. Hablaba con ella, compartía salidas de fin de semana en grupo, pero verla, de verdad, no la vio hasta entonces.

Cuando le comentó el tema a Regina, ella la comprendió perfectamente y le dio el diagnóstico exacto: – Luis no te puede ver, porque sólo tiene ojos para Maya –

Esa ilusión no correspondida fue el inicio de la complicidad que establecieron. Regina tenía el mismo problema, pero con Mariano.

La situación en si misma justificaba algo la aparente falta de sintonía que reinaba entre Maya y Marisa. Maya no hacía caso a Luis, pero desde el punto de vista de Marisa, era la culpable, aunque involuntaria, de que Luis no reparara en ella.

Cuando estaban en tercero y Luis acabó por convencerse de que con Maya tenía poco que esperar, Marisa no perdió un minuto y empezó a cosechar lo que con paciencia llevaba cultivando desde el curso anterior. Cuando  entró  en sus vidas como profesor el Dr. Garrido, a Marisa le faltó tiempo para asestar el golpe de gracia y alcanzar su tan ansiado trofeo. Por fin, pensó, ha llegado mi momento.

Mientras Maya, poco a poco iba respondiendo con timidez al encanto del profesor, Marisa feliz se afianzaba en su ascendencia ante Luis.

El profesor era muy consciente de la situación “delicada” en la que se estaba adentrando, pero también estaba sintiendo cosas que no pensaba que a él le pudieran suceder.

Es verdad que siempre había sido muy aficionado a las faldas, pero en este caso y en su descargo, él estaba siendo especialmente cuidadoso. Acababa de lograr que su mujer le perdonara su última distracción descubierta y las condiciones de este perdón pasaban por la aceptación expresa de que si volvía a ser sorprendido tonteando, su status social iba a quedar roto para siempre.

Como sabía que su esposa, estaba muy harta, y con razón, era muy consciente de que tenía que cambiar su actitud, pero cuando se formuló a si mismo esos bondadosos propósitos,   no contaba con que en su horizonte fuera a aparecer Maya Magariños.

Ella, apuntaba maneras. No sólo era guapa y brillante. Además era tímida y muy joven y le miraba arrobada.

Se le había olvidado cuando fue la última vez que su mujer lo había mirado así. De hecho, si hacía memoria, no recordaba haber sorprendido ese tipo de mirada en ella nunca. Era una compañera perfecta. Agradable en el trato, ingeniosa y divertida a veces pero muy frecuentemente distante de sus intereses y de sus logros. Su mujer no lo admiraba. Maya sí. ¿Había algo más poderoso para el ego de un hombre que sentirse admirado por una mujer? A Diego no se le ocurría nada. Pero además con Maya, Diego tenía un problema añadido: sentía una sospechosa falta de aliento cada vez que sentía que ella se acercaba a su perímetro inmediato. Era como si una señal de alarma se activara dentro de si cada vez que ella aparecía en su horizonte.

Diego llevaba casado once años y tenía dos hijos. Dos varones de diez y seis años respectivamente. Esa era la principal munición de su esposa y dado el cariz que últimamente habían ido tomando las circunstancias, era plenamente consciente de que en caso necesario, ella la utilizaría, no tanto por mantener la familia unida sino por no renunciar a su posición social. Lo de ser la esposa del Dr. Garrido le gustaba una barbaridad, y no estaba dispuesta a vender barata su renuncia al “título”.

Diego intentaba utilizar la cabeza, pero no era ese órgano el predominante cuando vivía ese tipo de situaciones… Se encontraba además con el problema añadido de la discreción imprescindible que necesitaba para vivir estas circunstancias. En esta ocasión, el no formaba parte del curso desde el inicio del mismo sino que su incorporación como sustituto le hacía, en principio, más “visible” para los alumnos, y sobre todo para las chicas… Esa era una situación a la que la vida le había ido acostumbrando ya que era muy consciente del efecto que provocaba en las estudiantes.

Intentaba no darle importancia para no pasar por “creído”,  pero no siempre lo conseguía porque en el fondo era una circunstancia que le hacía mucha gracia…

Para abordar a Maya, le pidió al final de una clase que se quedara un momento para comentar un ejercicio de control que habían hecho la semana anterior; en otra ocasión que le ayudara para preparar una exposición en la que iba a utilizar diapositivas y para la que no se declaró muy ducho en el manejo del proyector… y así poco a poco, acabaron tomando una tarde un café y charlando “para romper la distancia” profesor-alumna…

Luego vino un paseo, “para despejarse”, otro día otro café para desconectar y así muy despacio, se acostumbraron a compartir muchos momentos y a encontrarse en esos ratos miembros de un club que sólo admitía dos socios.

Cuando llegó el final del curso, podría decirse que el Dr. Garrido tenía un problema. Maya aún no lo sabía, pero él estaba pensando seriamente en buscar una vivienda para mudarse y la situación estaba a punto de escaparse de las manos de todos los protagonistas.

Continuara…

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From → Literatura

One Comment
  1. Superinteresante Blanca, espero la parte (6) de la historia

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