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Relaciones personales (2)

28 junio, 2013

Y como lo prometido es deuda, aquí sigo. Podéis seguir contándome vuestras impresiones. Las entregas irán siempre con el mismo nombre y les iré aumentando el ordinal para facilitar la cronología. He intentado hacer caso de algunas sugerencias. Veamos si he conseguido que sigáis leyendo…De todas las maneras, gracias a todos los que habéis puesto un comentario por ésta u otra vía y me habéis ayudado para poder continuar…

 

La guardia de Marisa.

Marisa estaba aburrida en mitad de la noche. Estaba de guardia en el Hospital Principal y estaba siendo una noche muy tranquila. Eso era una buena cosa, pero llevaba aparejada la sensación de cansancio acumulado;  faltaban tres horas para culminar veinticuatro seguidas en el Servicio de Traumatología del centro médico y eso le iba pasando factura.

Cuando se trataba de una noche movida parecía que el tiempo pasaba más rápido y nunca tenía sueño.

Como era una noche entre semana, al haber poco movimiento, para evitar dejarse vencer por Morfeo, había encendido el portátil y estaba curioseando por internet. Cuando tenía guardia, si podía, evitaba echar una cabezada. Sobre todo porque después, se despertaba de muy mal humor, si venían a llamarla de forma inesperada.

De pronto,  encontró entre las noticias de un periódico digital un comentario sobre un Congreso que se estaba celebrando en San Sebastián. Era sobre Oncología y una de las ponentes, de la que trataba la reseña, era la doctora Maya Magariños.

Marisa comenzó a leer con más atención. Hacía años que le había perdido la pista a Maya.

Cayó en la cuenta de que en unos meses, haría 20 años que habían terminado la carrera.

Con algunos de sus antiguos compañeros, había tenido algún contacto de vez en cuando. Con aquellos que habían seguido en Madrid, principalmente. Pero en el caso de Maya, eso no había sido posible.

Maya se fue a hacer la especialidad fuera de España y cuando regresó, se instaló en Barcelona.

De repente sintió una punzada de curiosidad malsana y se dedicó a buscar en la red a todos sus antiguos compañeros. Bueno, a todos no. Sólo a aquellos de los que recordaba además del nombre, sus dos apellidos.

Estaba en ello cuando vinieron a llamarla. Acababa de entrar una caída de dos chavales que volvían, “un poco cocidos”, a su casa en moto…

Algunos destacados profesionales.

Cuando Marisa, o mejor dicho, la Dra. Martínez, volvió de escayolar y vendar respectivamente a los dos especialistas en “levantamiento de jarra”, continuó con sus pesquisas.

Encontró la vida y milagros de Maya en la red. Vio su curriculum profesional y se enteró de que su reputación era muy tenida en cuenta;  formaba parte de un selecto grupo de investigadores, que asistían a unos pocos y prestigiosos congresos de divulgación, sobre  los avances obtenidos en un proyecto en el que había puestas muchas esperanzas por parte de la comunidad médica.

No se dedicaba al trato con pacientes. Estaba entregada a su causa: el descubrimiento de un gen que ayudaría y mucho a mejorar la vida de un montón de pacientes. Formaba parte de un laureado  equipo con logros importantes en su campo.

Ya metida en faena, Marisa decidió seguir “cotilleando” un rato más. Buscó y encontró a Carlos Espejo. Carlos seguía en Soria. Dirigía la Clínica Espejo que había sido la obra de la vida de su padre.

Según Facebook, en dónde después de “hurgar” un rato dio con su perfil, estaba casado y tenía dos hijos adolescentes. Llegó a ver hasta las fotos familiares. Su mujer no tenía mala pinta. Le pegaba mucho, de hecho.

Según se iba animando y continuaba buscando gente, Marisa cayó en la cuenta de que ya eran casi las siete y media. A  las ocho acababa su guardia y antes, tenía que ver los historiales abiertos y completar todo aquello que pudiera ser de interés para los compañeros que se ocuparan del siguiente turno.

Decidió que no le quedaba otra que posponer su búsqueda de antiguos colegas para otro momento y se apresuró a terminar con sus obligaciones.

No eran todavía las nueve de la mañana cuando abandonaba, por fin, el hospital camino de  casa.

Se cruzó con su marido en el garaje  y de despidieron con un gesto en la rampa de acceso.

Mientras se quitaba la ropa y se preparaba para irse a la cama se apuntó mentalmente y como tarea pendiente reunir a su grupo de amigos de nuevo. Quería comprobar si el tango tenía razón y si era cierto aquello de que “veinte años no son nada”… Antes de meterse en la cama, se miró al espejo y se dijo que, lamentablemente,  los versos de la canción mentían.

(Continuará)

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From → Literatura

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